Un pequeño hilo de agua que será océano de cambios

Villa Tunari  (Chapare) - Altitud: 300 msnm

Villa Tunari (Chapare) – Altitud: 300 msnm

Hay una exuberancia en al ambiente, cierta tropicalidad, cierta abundancia que se confirma en las pirámides de papayas y plátanos, naranjas y piñas que duermen al costado del camino, intuyendo el sueño de las madres, caseritas, cholitas aymaras. Y ese plato de rebosante arroz y yuca con sus pescadito frito que las doñas de la ruta venden al amparo de los parroquianos que discursan sobre el devenir de este trópico cochabambino, tierra de colonizadores y refugiados, creadores de una nueva ilusión que se construye a machete o asada. Esos fierros que venden en el mercado cuando llegan los hombres del campo a sembrar la coca que ritual, medicinal y ancestral, se ha transformado ahora tambien en sustento económico.
Desde principios de siglo los gobierno han deseado cubrir este desierto, que como todo páramo moderno, ya había sido habitado por yacarés, indios indómitos y salvajes, atorrantes y vagos, sucios y desprolijos, ladrones de una suerte a costa de nunca haberse resignado al tan mentado progreso que venden los folletos y planes sociales de las grandes urbanidades modernas.
La colonización del Chapare comenzó en 1906 con la Ley de Tierras Baldías. Se incrementaría con la revolución del 52, y la construcción de la nueva carretera Santa Cruz-La Paz, pero sobre todo con las narcodictaduras de García Mesa y Hugo Banzer, que lograría en 1981 llevar a la hoja de coca a al pico de su precio de mercado. Los colonos como siempre llegan apenas con un machete y un par de mercados, para ser prontamente abandonados en las promesas de las instituciones nacionales. Muchos abandonan o caen en el intento. Algunos comienzan a organizarse, los sindicatos se transforman en la solución para todas las necesidades de los pobladores: carreteras, escuelas, dispensarios, resolución de conflictos limítrofes o conyugales, deporte, festejos, formación política. Se nuclean en centrales que a la vez forman federaciones en un entramado de células autogestivas y populares. Como agujero negro entre el altiplano aymara y la selva guaraní, entre los comerciantes de La Paz y los latifundistas de Santa Cruz, el Chapare va uniendo culturas.
El decreto 21060 inagura dos décadas de gobiernos neoliberales. Tras haber financiado la revolución industrial y otros lujos capitalistas del viejo mundo, 20.000 mineros son relocalizados hacia esa indómita selva. No le tienen asco al trabajo, su experiencia organizativa y política daría el picante necesario para que los sindicatos del trópico cochabambino finalmente unan fuerzas en 1985 para defender un interés que los antiguos huéspedes de los socavones bien entendían: la milenaria hoja de coca.
El estado que nunca se ha hecho presente, llega con asesores gringos, tropas de elite que violan mujeres y siembran gases en las escuelas. Las madres deciden ponerse al frente de los bloqueos y protestas. La represión es inclemente, pero hay un pequeño prurito en las fuerzas del orden que hace sus golpes más suaves que hacia los varones. Renunciarán a los fierros para construir una alternativa política. Ya fueron estado, ahora quieren ser gobierno. Gestarán la utopía de un poder indígena que poco a poco comenzará a crecer con el calor y las lluvias, un pequeño hilo de agua que pronto será océano de cambios para Bolivia.

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