Agua y Altura

Postales de las dos Bolivias

Fotografía: Matías Barutta
Texto: Tomas Astelarra
Las geografías son extensas, las fronteras ilusorias, y muchas veces bajo un mismo rótulo o convención impuesto por quien sabe que capricho del destino, se esconden múltiples realidades. Bolivia no escapa a estas paradojas. La fortaleza de la tradición quechua-aymara que ha sobrevivido varios imperios y colonizaciones con una singular forma de sincretismo ha exportado al mundo la chola de pollera de colores y largas trenzas, la hoja de coca, el Inti Raymi, los aguayos y el buen vivir (mezclados con otras formas globalizadas de etnocultura para consumo for export). La elección como presidente de Evo Morales Ayma y su escalada en las altas esferas de la política internacional ha fortalecido esta imagen.
Felipe Quispe, líder de los movimientos sociales del altiplano que pusieron en jaque los gobiernos neoliberales a principios del siglo XXI, abogaba por una vuelta al Kollasuyu, la región sur del imperio incaico, fabricado a costa de otros pueblos originarios. Hablaba de las “dos bolivias”, una blanca y una indígena. La nueva constitución aprobada en el 2008 establece un estado “plurinacional”, conformado por 36 naciones. Lo cierto es que en los últimos años, el predominio de la población quechua-aymara en las estructuras de poder político, social y económico de esa entelequia llamada Bolivia, son evidentes y a veces generan políticas de exclusión y hasta represión de otras poblaciones.
Son diferentes capaz de una cebolla, explica la antropóloga Silvia Rivero. La represión del gobierno de Evo Morales a la 8va Marcha por la Dignidad, la Vida y el Territorio en defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Secure (TIPNIS) ha marcado un quiebre en el imaginario del primer gobierno indígena de Bolivia, poniendo en la vereda de enfrente a intelectuales y ongs ecologistas, pero también a movimientos indígenas y sociales que habían conformado, en pleno proceso de sublevamiento social y elaboración de la nueva constitución, el llamado Pacto de Unidad entre pueblos originarios. De pronto la división entre las dos bolivias dibujaron otras figuras, contradicciones, entre ayllu y sindicato, indígenas y campesinos, oriente y occidente, más allá de las clases dominantes en épocas de conquista y estado colonial, entre quechuas-aymaras y guaraníes-mojeños-trinitarios, colonizadores y pueblos originarios. El eje del conflicto del TIPNIS es entre poblaciones que desean mantener sus formas tradicionales de vida y los planes del gobierno para construir una carretera que acentué el carácter extractivista y comercial de la amazonía. Desnuda una xenofobia oculta donde los antiguos pobladores de esas tierras, yuracares, moxeños y chimanes, son calificados por los colonizadores campesinos quechua-aymara del Trópico de Cochabamba (núcleo y tierra de las federaciones cocaleras que dieron origen al MAS de Evo Morales) como “vagos” y “perezosos”. Estos indios vagos y perezosos son los que a través de las sucesivas “marchas por la Dignidad, la Vida y el Territorio“ realizadas desde 1990 impondrían la titulación de territorios indígenas originarios y la discusión acerca de la necesidad de una reforma constitucional, uno de los principales items de la “Agenda de Octubre” levantada por los movimientos sociales levantados entre 2000 y 2005 y que abonarían el terreno para la elección del primer presidente indígena de Bolivia.
Había habido otra Bolivia oculta debajo de la Bolivia oculta. Había habido dos bolivias indígenas, dos culturas ancestrales, dos formas de ver el mundo, que sabemos, siempre es tan infinito como sus formas de habitarlo. Quizás unirlas en a la hermosura de las imágenes que construyen sus rostros, sus sueños, sus fiestas y mercados, pueda aportar una pizca de mágica solución a este nuevo desafío de integración entre los pueblos de esta América que alguien también bautizó Abya ayala. En pos de ese nuevo mundo sin amos ni señores, ciudadanos o pobladores de primera y de segunda.